Sabor
“Sabor”

“Sabor” Óleo sobre lienzo 81x65cm. Quiero dar gracias infinitas a Tony de @tonymarquezjstudio por cederme sin dudar esta fotografía que me cautivó en cuanto la subió a sus estados, como por supuesto a @13manias, la protagonista de la misma. Imágenes así demuestran que muchas veces “menos es más”. Si digo que @13manias es guapa, es una obviedad, pero tras meses siguiendo su trabajo en Instagram puedo decir que además de ser una mujer cercana con un gran sentido del humor, es una profesional como la copa de un pino que respeta y valora el trabajo de los que la rodean. Y lo más importante: que es ella misma y hace lo que le da la gana. Ejemplos de mujeres a seguir para el 8 de marzo? Ahí tenéis una propuesta más válida que muchas de esas mujeres “ejemplares” que no hacen otra cosa que restar libertades.

El agradecimiento a los dos (@tonymarquezjstudio y @13manias) es por partida doble: por permitirme disfrutar de este cuadro y por la inspiración para el relato corto que habéis podido leer previamente.

Haciendo clic en el siguiente link, podéis ver el cuadro en un video de detalle:

video “Sabor” @13manias

 

 

EN ESTA OCASIÓN, EL CUADRO VA ACOMPAÑADO DE UN RELATO CORTO…HAY QUE ESTIMULAR EL CEREBRO DE TODAS LAS MANERAS POSIBLES!

 

“Desarticulada una red de prostitución de menores en un chalé de lujo de la capital”

El periódico de tirada gratuita para los usuarios del transporte público se hacía eco de la noticia. Varias chicas habían logrado sobrevivir a su esclavitud, pero ahora les tocaba la parte más difícil: aprender a vivir. Tony había captado la imagen de la liberación: Chicas muy jóvenes y llamativas saliendo del chalé escoltadas por la policía. La única que miraba a la cámara era yo. La foto era lo único que había conseguido robar la atención de algunos viajeros durante unos segundos. Seguidamente leían el titular y pasaban a la siguiente noticia. No logré encontrar empatía en sus ojos. Los periódicos colapsaban las papeleras una vez que habían cumplido su función. Las noticias son efímeras. Casi tanto como la vida.
Al girar la llave y abrir la puerta de casa sentí caer sobre mí el cansancio de toda una vida. Pero ya estaba allí, en mi refugio. Un pisito en un barrio modesto decorado con varios “esto es temporal” y algún que otro “ya compraré uno nuevo”. Mi reino imperfecto con muchas posibilidades de mejora. Pero el hogar no es un sitio, si no un sentimiento.

Calenté unos noodles precocinados en el microondas. En cuanto las primeras tiras de pasta rozaron mi lengua, mi cerebro pasó rápidamente a desglosar todos los ingredientes por su sabor. Desde que mi abuela perdió el sentido del gusto como efecto secundario de la radioterapia, sentía la necesidad de que le describiese eso que se perdía en cada bocado. Sobrevivir a las penurias de la guerra, disponer de comida y no poder disfrutarla era para ella el peor de los castigos y con esta dinámica se le hizo más llevadero.

Me desmaquillé lo más superficial y traté de deshacerme con el cepillo del exceso de laca que me habían puesto en el pelo en la sesión de hoy. No tenía fuerzas ni para pasar por la ducha. Qué confundida estaba la gente que pensaba que trabajar en el mundo de la moda era fácil. Qué equivocada estuve yo al haberme adentrado cegada por su brillo. Las farolas atraen con su luz a los insectos, los cuales se queman al acercarse demasiado. Así me sentía yo: deslumbrada y herida, pero al menos viva.
Todavía resuena en mi cabeza la canción que acompañaba al anuncio de la agencia que prometía el éxito en el mundo de la moda. Solo había que pasar un casting y dejarse formar. Para una chica como yo, con una vida difícil después de la pérdida de sus padres, sentí como se abría una puerta a la esperanza de salir de aquel pueblo y triunfar. Reuní los pocos ahorros que había juntado con un sinfín de trabajos temporales y me subí en el primer autobús a Madrid con un par de maletas y mucha ilusión: rumbo al horror.

En la agencia nos enseñaban principalmente a destacar lo bonito, disimular imperfecciones y saber reconocer nuestros defectos. El profesorado los destacaba sin cesar mientras nos ofrecían la solución anticipándonos algo de dinero para que pudiésemos solventarlos en una de sus clínicas estéticas de referencia. Esas mejoras iban a cuenta de nuestros futuros trabajos, aunque la realidad es que eran deudas que no teníamos cómo pagar y pronto conocerías el modo.
Cuando pensaban que estábamos listas para trabajar nos presentaban a Tony, el fotógrafo de la agencia que se iba a encargar de hacernos el book. Uno más de la esta gran familia que habíamos formado. Conocían todas nuestras fortalezas y debilidades, nuestras necesidades y miedos.

Comenzaron los castings y los trabajos. Nos hacían sentir especiales: las elegidas. Si bien es cierto que querer vivir de tu imagen y tener reparos para desnudarte no son compatibles en el mundo real, todavía recuerdo el pudor que sentí las primeras veces que me pidieron que desfilase o posase desnuda. Durante unos minutos mis sentimientos tenían que abandonar mi cuerpo para poder soportarlo y fue el mejor de los entrenamientos para lo que vino después, cuando fui seleccionada para trabajar en una pasarela de corto recorrido: el pasillo de un burdel clandestino.
No fue necesario usar la violencia conmigo: la deuda por los implantes de mamas, los gastos por tener una persona 24 horas al día cuidando de mi abuela y un largo etcétera, eran su mejor mordaza. “Mejor a mi que soy fuerte”, ”Unos minutos no podrán arruinar mi vida”, ”Es solo piel”…y una larga lista de frases para autoconvencerme de que yo tenía el control.

Cuando esa noche Sara cruzó la puerta temblando todo cambió: menor de edad, cargada de ilusiones con unos padres inmersos en sus trabajos y ajenos a las ilusiones de su hija. En la agencia le habían financiado hasta el más mínimo capricho así que su deuda era inmensa. De su bolso asomaba un llavero de peluche de no sé qué marca que había sido una de sus compras: su talismán en los castings. Varios hombres se la llevaron al cuarto rojo y fue cuando llamé inmediatamente a Tony. Hace unas semanas me había confesado que estaba infiltrado en la agencia hasta dar con un motivo contundente para terminar con ellos. Si le ayudaba, él me ayudaría a mí. Mi sufrimiento era más llevadero si pensaba que iba a servir para algo…y así fue. En menos de media hora la policía estaba allí y liberó a varias menores de edad: el auténtico delito que terminó con ese infierno para todas.

Me tumbé en la cama y llamé a mi abuela para decirle que iría a pasar unos días con ella porque acaba de terminar el rodaje del último anuncio y tenía unos días libres. Mientras ella hablaba, aprovechaba para disfrutar de mi premio del día: un chupa-chups que me había regalado el dependiente de la tienda donde había comprado los noodles.
– ¿A qué sabe? – Preguntó mi abuela como de costumbre.
– Sabe a nuevas oportunidades.
– Ese sabor es el único que nunca se olvida.

 

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